domingo, 1 de septiembre de 2013

El alma rusa

Recomendar un clásico no tiene ningún merito. El que lo aconseja juega con la ventaja de que nadie se atreverá a criticarlo, pues aunque al final no le gustara el libro, pesa mucho la piedra que lleve inscrita la palabra clásico. Sin embargo son tantos los clásicos que nunca acabaremos con todos y siempre podremos necesitar una recomendación para decidirnos por unos u otros. Hoy le va a tocar el turno a Los hermanos Karamázov de Fiódor Dostoievski. El argumento, como en todos los clásicos, puede parecer baladí o poco original. En nuestro caso tres hermanos, de dos madres distintas y ya desaparecidas, se enfrentan a un padre que nunca se ha preocupado por ellos. Aunque hayan seguido caminos distintos, y cuando ya todos han sobrepasado los veinte años, se juntan en la ciudad donde reside su padre. Los enfrentamientos se suceden, el dinero, el amor de una mujer o el desprecio y la humillación marcan sus relaciones. Las amenazas ya son públicas y en cierto momento el padre es asesinado y robado. Todo indica que uno de sus hijos ha sido el ejecutor, las pruebas parecen concluyentes pero los otros hermanos creen en su inocencia. Este argumento que se podría completar con la exposición del juicio y la sentencia no es sino una justificación para que Dostoievski despliegue su maestría. De cada personaje nos vamos enterando poco a poco de su naturaleza, de la historia que le ha determinado, del carácter, de sus preocupaciones y proyectos; abriéndose sin ningún pudor, sin ninguna ocultación. El padre, depravado y lascivo; Dmitri, impulsivo y apasionado; Iván, intelectual y descreído; Aliosha, sincero y bondadoso. En este drama nos acercamos a comprender el alma rusa y, por extensión, la de todos nosotros: las pasiones, la religión, el ateísmo, el destino, la moral, la ambición, el misticismo, la mentira, el engaño, la cobardía, la crueldad o la vehemencia. Dostoievski como le suele pasar a los grandes genios tiene tantas cosa que decirnos, el tal la inmensidad de su misión, que puede parecernos que se despreocupa en la escritura. Quisiéramos que se detuviera más en algún suceso, que explicara mejor determinados comportamientos o que no se extendiera en ideas o filosofías que pueden no interesarnos. Pero ahí radica su magisterio nos arrastra a su mundo y queremos participar en él porque ha logrado que nos olvidemos de nuestras miserias para intervenir en las de sus personajes. ¿Se puede pedir algo más de un libro?

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