domingo, 15 de septiembre de 2013

Pecios

Es consideración general que Rafael Sánchez Ferlosio escribe uno de los mejores, sino el mejor, castellano de nuestros días. La exactitud y precisión en el léxico así como un poderoso dominio de la sintaxis unido al rigor del pensamiento y una erudición que nos desconcierta hacen de nuestro escritor un clásico indiscutible. Esas extensas frases llenas de oraciones coordinadas y subordinadas, que nos explican, aclaran, desarrollan y demuestran la idea que presenta, cuando llegamos a su fin, una satisfacción nos embarga y, mientras tomamos un respiro, nos preguntamos cómo es posible tanta corrección usando las misma lengua que nosotros. Pero no es de este estilo del que ahora nos vamos a ocupar, sino de otro totalmente opuesto, donde la concisión, la precisión y la sobriedad se presenta como forma de comunicación directa e inmediata. Más o menos breves, los pecios de Sánchez Ferlosio se pueden emparentar con toda la literatura que, bajo el término genérico de aforismos, venimos atendiendo en estas entradas. Como su nombre indica los pecios son entendidos por el propio autor como restos de naufragios que se recogen y guardan como reliquias o recuerdos. En ellos afloran pensamientos a los que no se quiere o no se tiene tiempo de desarrollar con más extensión. Este carácter, aparentemente menor, no debe parecernos descuidado, todo lo contrario, la exactitud y el acierto son sus grandes logros. Pequeñas píldoras que nos alivian porque nos enseñan, nos fortalecen porque nos ilustran y nos curan porque nos revelan lo que sin saber deseábamos. Esta selección está extraída de su libro Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

Sin embargo..., ¡oh , sin embargo!, parecen adivinarse aquí y allá dispersas, débiles, inciertas huellas de que ha habido, de que ha podido haber, o por lo menos ha querido haber, alguna vez, un mundo.

"Casi" y "Algo", nombres de dos cadáveres que yacen en el fondo del barranco.

"Es por el beso, no por las monedas." Así dice en el árbol del ahorcado.

El que quiera mandar guarde al menos un último respeto hacia el que ha de obedecerle: absténgase de darle explicaciones.

El niño que osó decir "El emperador está desnudo", ¡ay!, acaso también estaba pagado por el propio emperador.

¡Ay, las fechas están agazapadas en el calendario, igual que gatos junto a la ratonera, para matar los días en el instante mismo de salir!

(La Ilíada.) ¡Qué antiguas eran ya las armas, qué viejos eran los hombres, qué decrépito el mundo, qué anciana la palabra, ya en tu guerra, oh rey Agamenón!

(El Bautista.) La cabeza cortada tenía el oído contra la bandeja, como auscultando en el temblor del oro el tenebroso porvenir.

(Al Creador.) Señor. ¡tan uniforme, tan impasible, tan lisa, tan blanca, tan vacía, tan silenciosa, como era la nada, y tuvo que ocurrírsete organizar este tinglado horrendo, estrepitoso, incomprensible y lleno de dolor!


(Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Barcelona, Destino, 1993)

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