martes, 20 de agosto de 2013

Refranero mexicano en Agustín Yañez

El estudio del refranero incorpora también su presencia en la literatura. No olvidemos que sobre los refranes en El Quijote se han publicado más de un libro y no hay congreso o simposio de literatura en castellano en que no haya ponencia, comunicación o conferencia inaugural sobre el refranero de Sancho. En esta ocasión Herón Pérez Martínez, investigador mexicano, ha recogido de la obra de Agustín Yáñez (1904-1980) Las tierras flacas (1962) varias centenas de refranes mexicanos. Es importante el adjetivo por cuanto Herón Pérez centra su estudio en lo local, buscando lo distintivo, la aportación de su pueblo a la base de la que parte: el refranero castellano. En este sentido Agustín Yáñez, que centra su novela en el campesinado del estado de Jalisco, le ofrece un buen repertorio de expresiones, dichos y refranes poco contaminados por el refranero castellano de origen más libresco. Este mismo autor en 1942 también usó la literatura popular, en este caso canciones infantiles, en su libro Flor de juegos antiguos, donde rememora su infancia a través de los juegos y canciones que a lo largo del año conformaban el tiempo de ocio infantil. Aquí dejo una muestra del habla, y por lo tanto del pensamiento, campesino de México.

A cada uno su gusto lo engorde.

A lo dado hasta los obispos trotan.

Ah, qué bonita trucha para tan cochino charco.

¡Ay, madre, qué pan tan duro y yo que ni dientes tengo!

Caballo que llene las piernas, gallo que llene las manos y mujer que llene los brazos.

Cansado de ver lo bueno, ya lo regular me empacha.

Con tiento, santos varones, que el Cristo está apolillado.

De lo perdido lo que aparezca.

El corazón no envejece, el cuero es el que se arruga.

El que padece de amor, hasta con las piedras habla.

Es la ley de Caifás: al fregado, fregarlo más.

Lo que se da sin fineza se acepta sin gratitud.

¿Qué ha de dar san Sebastián cuando ni calzones tiene?


(Herón Pérez Martínez, El corpus del refranero ranchero de Las tierras flacas de Agustín Yáñez, Revista Paremia, nº 14, Madrid, Asociación Cultural Independiente, 2005)

lunes, 19 de agosto de 2013

Erasmo y la sabiduría antigua

Hará algún tiempo seleccionamos para esta sección algunos apotegmas de Plutarco que podían estar sacados de las ocurrencias de reyes y generales. En esta ocasión el recolector no es otro que el gran Erasmo de Rotterdam y sus apotegmas aparecen entresacados de la filosofía clásica. Decíamos que aunque estos textos no son propiamente aforismos sí están muy relacionados con ellos. Son breves, sentenciosos y en muchos casos ocurrentes. También participan de la necesidad de reflexionar sobre el mundo y sus avatares, proponiendo una conducta o, por lo menos, una explicación. Erasmo (1467-1536) era un humanista que desde su catolicismo se interesó igualmente por la teología que por la cultura clásica o la educación de los reyes. Unido a la realeza española, dedicó alguno de sus libros a Carlos V quien llegó a nombrarle consejero real honorífico. Sus disputas con la iglesia acabó con casi toda su obra en el índice de libros prohibidos. El origen de sus apotegmas está en su incansable labor de traductor y editor de autores clásicos. Estos son algunos ejemplos. En primer término aparece el nombre del filósofo al que se atribuye la frase.

SOCRATES: Tenía una vez Sócrates ciertos convidados y huéspedes y le dijo un amigo suyo que había hecho poco aparato para recibirlos, dijo entonces Sócrates: Si ellos son buenos basta, y si malos sobra.

Pasando una vez Sócrates por la plaza y viendo la gran abundancia de mecaderías que allí se vendían, dijo entre sí: Oh valemediós de cuántas cosas yo no tengo necesidad.

Se le dijo a Sócrates que una persona hablaba mal de él. Él respondió: No me maravillo porque nunca aprendió a bien hablar.

ARISTIPO: Una ramera dijo a Aristipo que estaba preñada de él. Éste respondió: Esto no se puede más saber que si uno anduviese entre unas espinas muy espesas y dijese: Esta espina me picó.

DIÓGENES: Preguntándole uno a qué hora había de comer cada uno, respondió: Si es rico cuando quisiere, si es pobre cuando pudiere.

Un hombre llevaba por la calle una viga y no mirando dio un golpe a Diógenes, y después dijo: Guarda. Diógenes volvió la cara y respondió: ¿Por ventura me quieres herir otra vez?

Entrando una vez en un baño sucio, dijo: Los que aquí se lavan, ¿dónde se lavan?

Otra vez vio a un muchacho hijo de una mala mujer que estaba tirando piedras hacia la gente, y le dijo: Guarda no descalabres a tu padre.

SOLÓN SALAMINO: A este filósofo se le atribuye aquel dicho tan notable y señalado. Es, a saber, que las leyes son semejantes a las telas de las arañas, las cuales prenden y enlazan a los pequeñitos mosquitos, y si algún animal grande pasa por ellas, las quiebra y rompe.

ANTÍSTENES: Díjole una vez uno: Muchos te loan. Le respondió: Pues yo no sé qué mal he hecho.

DEMETRIO FALERIO: Decía que los verdaderos amigos en la prosperidad habían de venir cuando los llamasen, y en la adversidad aunque no fuesen llamados.

ZENÓN: Siendo preguntado qué cosa era amigo, respondió: Otro yo.

HERÁCLITO: Siendo preguntado por qué causa callaba tanto, respondió: Para que vosotros habléis.

PLATÓN: Reprendía una vez Platón a un mancebo porque jugaba a los dados, el cual dijo: ¿Por una cosa tan pequeña me castigas? Respondió Platón: No es poco tomar mala costumbre.

ARISTÓTELES: Siendo preguntado Aristóteles qué ganaban los mentirosos, respondió: Que no les crean cuando dicen la verdad.


(Erasmo de Rotterdam, Apotegmas de sabiduría antigua, edición Miguel Morey, Barcelona, Edhasa, 1998)

jueves, 15 de agosto de 2013

Que la muerte no diga la última palabra.

No hay muchos libros sobre maestros, aunque sí sobre nuestra Guerra Civil. Jaume Cabré, del que ya recomendamos su último libro Yo confieso, escribió en 2004 una bellísima y triste historia sobre el maestro de un pequeño pueblo leridense durante la posguerra. Será otra maestra, sesenta años más tarde, quien, gracias a unos cuadernos que aparecen tras la pizarra de la escuela que van a derribar, descubra la verdad de lo que pasó en aquel pueblo perdido. Las voces del Pamano no es sólo una historia del dolor que se vivió en los núcleos de población más pequeños, es también una llamada de atención sobre las verdades y las mentiras que se produjeron y se siguen produciendo. Nuestro protagonista, como todos los héroes, es un ser normal, asustadizo y temeroso que se deja llevar, escuchando lo que le interesa y viendo sólo lo que le presentan. Sin embargo, también como los héroes, sin motivo ni intensión se ve arrastrado contra su voluntad a acciones arriesgadas, y las asume como obligaciones del destino. Cabré nos va presentando al protagonista conforme la vida le golpea, los sueños se le rompen y el amor todo lo enreda. Paralelamente, y ya en nuestros días, la maestra, segunda protagonista, también tiene que enfrentarse a la vida, que no es sino engaño, desilusión y dolor, pero será superior su empeño por alcanzar y mostrar la verdad sobre alguien que ya murió y sobre el que nadie quiere indagar. Junto a ellos múltiples personajes inolvidables, el alcalde falangista, la señora del pueblo, la esposa, el hijo desconocido, el abogado, el chófer, monseñor, el maquis, los represaliados, el marmolista y su hijo, todos cumpliendo su función que no es otra que contribuir al enriquecimiento de una historia imprescindible. Serrallac, el hijo del marmolista que grabó la lápida del maestro, le pregunta a Tina, la maestra actual, por su empeño en que se conozca la verdad al cabo de tanto tiempo, y ella le responde: "No sé. A lo mejor para que no sea la muerte quien diga la última palabra".


(Jaume Cabré, Las voces del Pamano, traducción Concha Cardeñoso, Barcelona, Destino, 2012)

Un ex-libris para su esposa

R. Sarrin (1869-1939) fue un artista letón que se interesó y se aplicó en todas las facetas de las artes gráficas. De su mano podía surgir un cartel o un grabado, la ilustración de una historia o una caricatura, una acuarela o un ex-libris. A él se deben tanto el escudo de armas de Letonia como el diseño de monedas, billetes y sellos (fue el autor de los primeros sellos soviéticos). Casado con la cantante sueca Eva Sundblatei le regaló en 1897 el ex-libris de la ilustración. Tres elementos sobresalen del intrincado fondo de ramas, hojas y aves; en la parte superior una franja donde nombra el ex-libris acotado por dos grandes hojas, un pequeño marco con el nombre de su esposa cerca de la base y, entre ellos, un medallón con el motivo central. Una sirena recién salida del lago y sentada sobre una roca toca las cuerdas del arpa, mientras, un pájaro canta desde la rama de un abedul. Un tronco desnudo se le acerca como si buscara su abrazo. Parece ser que fue el primer ex-libris que diseñó, y podemos decir que con acierto.



Una sutil "r"

Esta R (minúscula) formada por una cinta que se curva y pliega, se duplica y sombrea, enarbola como signo de victoria una rama que no reconocemos. ¿Sobre qué otra letra ha triunfado? ¿Qué carácter se ha visto humillado? ¿Es suficiente para ser considerada a partir de ahora una letra mayúscula? Esto sólo lo sabe Juan de Yciar, su diseñador, pero parece ser que murió allá por el 1572 y creemos que nunca nos podrá sacar de dudas. Se publicó en Zaragoza dentro de El sutil arte de la escritura manual







domingo, 11 de agosto de 2013

Malas Notas 44

Hay personas que bajo la apariencia de poseer un espíritu crítico se esconden seres quejosos y enemistados con la vida.

El enamoramiento se teje con mensajes ocultos; aquellos que mandamos sin tener la certeza del destino y aquellos que buscamos sin la seguridad de que se hayan emitido.

Cuando entro en una iglesia, ya sea una catedral o una ermita, nunca pienso en el poder de Dios sino en la habilidad de los hombres.

Los judíos no dejan de recordarnos que cualquier comparación con el holocausto no es sino una banalización de la historia. Lo que no nos dicen es en qué libro o versículo su Dios determinó el número de muertos necesarios para que la banalidad se convierta en masacre.

La salud en los refranes

Junto al amor, la salud debe ser uno de los temas preferidos por la literatura popular y, por lo tanto, del refranero. Gozar de salud ha sido un anhelo en todos los lugares y épocas, máxime en momentos en los que se desconocían muchas de las razones para enfermar y los fármacos que las remediaban. Pero junto a la preocupación por la salud también estaba el miedo ante el médico inexperto o, simplemente, falso. Moneda corriente era la expresión Dios te la depare buena en referencia a la receta expedida por el galeno de turno (en los siglos de oro se contaba una historia que explicaba la frase). José María de Jaime Lorén en la lección magistral de la apertura del curso 2003-2004 de la Universidad Cardenal Herrera de Valencia desarrolló la visión que la literatura popular tiene de la enseñanza y de las ciencias de la salud. La exposición se completa con cerca de mil refranes sobre las profesiones sanitarias: médico, farmacéutico y veterinario. De éstos seleccionamos los siguientes, esperando, si no la reparación de cualquier molestia que les aqueje, al menos el bienestar de ser partícipes de antiguas recomendaciones.

Los mejores médicos y enfermeros, paciencia y dineros.

Según dijo Galeno, lo que para unos es malo, para otros es bueno.

Si el médico cura, el sol es testigo; y si mata, la tierra lo cubre.

De médico que trasnocha y de cura que va al café, liberanos domine.

Médico nuevo, en dos años le echa una solería al cementerio.

Amigos son el médico y el cura, porque el uno entierra lo que el otro no cura.

El doctor Vara, ni obra buena ni palabra mala.

El hijo del doctor Galeno, al que no estaba malo lo ponía bueno.

El médico que mexor cura, muerto el enfermo lo dexa sin calentura.

Sangrarle y purgarle, si se muriese enterrarle.

A letra de médico, ojo de boticario.

Consulta de calle, ni cura ni vale.

Cuando a un enfermo dos médicos van, toca a muerto el sacristán.

La definizión de la ziruxía, sacar de tu bolsa y echar en la mía.


(José María de Jaime Lorén, La Enseñanza y las Ciencias de la Salud en la literatura popular, Valencia, Universidad Cardenal Herrera, 2003)